No quiero repetirme hablando del uso de pantallas en la infancia. Es un tema que ya aparece constantemente en medios, redes y conversaciones familiares.
Pero sí quiero hablar de algo que veo cada día en mi trabajo como logopeda.
Me cuesta mucho conectar con algunos niños cuando lo último que han visto antes de entrar a sesión es el móvil de papá, el de mamá o una tablet. Y me cuesta todavía más cuando, al salir, ese mismo dispositivo aparece como premio.
No hablo desde el juicio. Hablo desde la experiencia clínica.
Cuando un niño llega a una sesión de logopedia después de estar expuesto a una pantalla, muchas veces llega con la atención dispersa, con menor disponibilidad para mirar, escuchar, esperar, imitar, responder o jugar. Y precisamente todo eso es la base de la comunicación.
En logopedia no trabajamos solo “palabras”. Trabajamos conexión, intención comunicativa, atención conjunta, turnos, escucha, mirada, juego simbólico, comprensión, regulación y vínculo.
Y para eso necesitamos que el niño esté disponible.
A veces explicamos esto a las familias, pero el mensaje no siempre cala. Quizá porque la pantalla se ha normalizado tanto que ya no se percibe como algo que interfiere. Quizá porque muchas familias están agotadas. Quizá porque el móvil se ha convertido en una solución rápida para calmar, entretener o premiar.
Pero lo que calma a corto plazo puede dificultar mucho el trabajo a medio y largo plazo.
No se trata de culpabilizar. Se trata de tomar conciencia.
Antes de una sesión, mejor unos minutos de espera con conversación, juego sencillo, un cuento, observar el entorno o simplemente estar juntos. Después de una sesión, mejor reforzar con atención, palabras, afecto o una actividad compartida.
Porque la comunicación no se entrena solo dentro de la sala de logopedia.
Se construye en cada mirada, en cada espera, en cada turno y en cada pequeño momento cotidiano sin una pantalla de por medio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario